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domingo, 31 de julio de 2022

Vivir del estado




"La muerte es la claudicación de la pasión por la construcción de un mundo mejor".

Santiago Kovadloff


Nuestro país en épocas democráticas durante el siglo XX, siempre contó con un estado benefactor. Educación, salud y muchos servicios de acceso gratuito, nos diferenciaron de otros países de la región.

En mayor o menor medida, el Estado siempre se ocupó de las personas en la indigencia, tratando de brindar asistencia a quienes no tenían acceso a nada, incluso sin importar la nacionalidad.

En números, eso siempre significó la existencia de un gasto público muy elevado y un estado de grandes dimensiones.

De crisis en crisis, esto ha influido más o menos según la época que se atraviese, pero sin dudas, esta situación ha ido creciendo, exponencialmente y lamentablemente.

Esto a tal punto que, desde 1983 hasta la actualidad, podemos hablar de generaciones de personas y familias desarrolladas en un contexto de desaliento al trabajo formal o informal que, a cambio de esto, viven de subsidios del estado y ese es el tema que nos ocupa hoy.

Debido al crecimiento de la pobreza estructural (y quizá como raíz del problema, también), por el deterioro de la economía, la extrema cuarentena que acabamos de sufrir y el nulo apoyo a la actividad privada, cada vez más gente accede a estos “beneficios”.

Vivir del estado se ha vuelto toda una industria. Los pocos grupos que antes accedían a esta ayuda para sobrevivir hoy pasaron a ser asociaciones que tienen nombre y apellido y su principal trabajo es ir a movilizaciones. Cortar calles, cortar puentes, rutas, caminos, accesos y salidas de las ciudades parece ser la tarea que los ocupa.

Estas asociaciones, perfectamente organizadas, cuentan con fiscales que controlan quién va y quién no va y les pagan en función al tiempo que emplean para ir y permanecer en las movilizaciones y la gente que convocan. Los alimentan y no tienen más (y nada menos) que poner el cuerpo para interrumpir calles, para interrumpir el libre derecho de trasladarse del resto de los ciudadanos del país.


Mientras, la gente “normal” sigue tratando de llegar a sus trabajos habituales: oficinas, fábricas, industrias o empresas de servicio. Se levantan, algunos a la madrugada y otros no tanto, pero dedican mucho de su tiempo al trabajo. Luego de largas jornadas vuelven a sus casas por la noche a continuar con sus obligaciones hogareñas y familiares.

Enfrente, los subsidiados del estado, ante la iniciativa de limitarles su “sueldo” o invitaciones a conseguir trabajos, ellos responden: ¿Cómo? ¿Si me están pagando por esto? ¿Cómo que tengo que ir a trabajar 8 horas? Estoy en mi casa y tengo que atender mis cosas. ¿Por qué voy a ir a buscar trabajo?

El país sin rumbo

Este es un país sin rumbo, ya lo hemos dicho. La noción de un trabajo verdadero, formal con los beneficios que conlleva, no existe.

Y viendo esta situación, todos los que nos esforzamos, todos los días concurrimos a nuestras labores y contribuimos a este estado enorme, concluimos que no se puede vivir del estado. No se puede seguir incorporando gente que viva de la misma “teta” porque no es constructivo, porque es insostenible y sobre todo, porque un día se va a agotar.

La responsabilidad de esta situación tan injusta, a todas luces, es de los distintos gobiernos que han sostenido y perpetuado esta situación. Es obvio que esto beneficia claramente a la clase dirigente porque todo esto se traduce en votos de una clientela que le es fiel. Por eso, continúa pagándoles cada vez más. Así se aseguran sus votos. Pero la sociedad y hasta la opinión mundial describen esto como una tara, un defecto grandísimo.

Pero, en contra de esta mirada, el Estado se anima a desarrollar aún más a este sector e indirectamente, estimular a que cumplan con esa finalidad de imponer el caos, el desorden y que, en ese contexto, lleve de alguna manera, agua para su molino.

La educación

Volviendo a Kovadloff: Hemos perdido la educación cívica. "La educación no es un ministerio. Es la condición de posibilidad de discernimiento del prójimo, del valor de la vida, del significado del diálogo, del sentido del conocimiento, del espíritu autocrítico, de la capacidad de discernimiento del porvenir. Somos analfabetos cívicos, no entendemos qué hacer con el dolor del fracaso“.

Y agrega: “Una persona educada es alguien que sabe del discernimiento, de la relación entre el proyecto privado y el proyecto público, sobre la forma en que se integra lo que yo deseo hacer de mi vida y lo que debo hacer de mi vida para colaborar a fin de crear una Nación”.

Y en ese individualismo, envilecimiento e idea del “sálvese quien pueda”, hizo que se perdiera la idea del trabajo que dignifica. La gente se abandona a cobrar cualquier cosa, a estar fuera de cualquier protección social, seguros, la posibilidad de proyectar su vida, crecer. Todo eso ya no importa. Forma parte del concepto de desorden global que va viviendo el país, la sociedad argentina.

Ya ni siquiera tenemos la dignidad de crear una familia y desarrollarla bien, que los chicos vayan a la escuela. Esa dignidad hoy se abdica ante la posibilidad de que, aunque el niño no vaya a la escuela, igualmente pase de grado; ante una educación ineficiente que permita que un niño que lo necesita, no repita, porque repetir le puede producir un daño psicológico. Todas esas prácticas terminan entrando en esas mentes y facilitando la idea de que el trabajo y el esfuerzo no son necesarios, no tienen sentido.

Todo esto tiene serias consecuencias en las actividades productivas, en el desarrollo comercial o de los servicios. No se consigue mano de obra, ni poco ni muy calificada porque la gente no valora el trabajo, no valora el esfuerzo y porque hay gente “comprometiéndose” en no hacer nada, solo acudiendo cuando se los convoca.

Ese círculo virtuoso de empresa trabajando con estímulos, generando empleo formal y permitiendo movilidad social a sus trabajadores está totalmente perdido. Hoy los hijos ven a sus padres en sus casas, cobrando ingresos que no permiten vivir dignamente y sin la menor idea de cultura del trabajo y del progreso.

No podemos seguir así

Volver a ser dignos, nos va a llevar mucho trabajo, pero tenemos que empezar ya.

Citando nuevamente al filósofo argentino, podemos argumentar que no debemos mejorar porque es posible sino porque es sumamente necesario cambiar el rumbo. “Desde lo necesario se construye lo posible”.

Progresivamente el estado debe “dejar de dar pescados y dar herramientas para que todos pesquemos”.

Sin personas que creen, proyecten, trabajen por sus ideales y contribuyan a la sociedad no podremos convertirnos en el país que deseamos y necesitamos. Y sobre todo, que se eduquen y trabajen.

Solo si renunciamos a repetir el pasado vamos a tener un porvenir.

Santiago Kovadloff en Paraná 24/05/2022 https://youtu.be/QmMTMamB9M8

Fuente: Prensa UCIM