martes, 7 de agosto de 2018

Buen humor en la peluquería

Gustavo Liotard tiene 54 años, es peluquero, y como tal, el “psicólogo gratis” de muchas mujeres que lo eligen desde hace más de tres décadas. Frente a tal desafío, optó por el buen humor como paliativo… y lo logró. Entendió también, que el boca en boca es la mejor publicidad, lo que hizo crecer su negocio. 


¿Hace cuántos años que te dedicas a la peluquería y cómo llegaste a ella?

Hace 31 años que me dedico a esto. Yo trabajaba en una empresa constructora que quebró y, por no estar en los libros, me quedé sin trabajo. Como años atrás había hecho un curso con una querida amiga de una tía, Nilda Eraso, opté por dedicarme a esto de peluquear. Empecé primero con la peluquería de hombres y después, debido a los años de “desgracia económica” me fui a trabajar a Mendoza. En esa época ya tenía a mi hija más grande -Vanesa- en camino, busqué trabajo allá, donde conseguí en Dorrego con Tita Mignani. Después volví porque ella se enfermó y tuvo que cerrar.

Volví con Nilda en el 92’ aproximadamente; después inauguré el salón de la Pellegrini porque me salió la oferta de trabajar con Darío (Carbajal) y ahí trabajé casi un año. Y después me abrí solo en donde estoy, en Comandante Salas 531, donde llevo -temporalmente hablando- la edad de mi hija más chica, Georgina, es decir 25 años.

¿Seguiste trabajando con hombres?


No, me dediqué más a mujeres. Les sacás el stress, trabajás con lo que te piden, o lo que sale en las revistas, o lo que ven por televisión y eso es lo que les gusta.


Sos alguien con muchísimo humor, ¿eso suma en este trabajo?

Sí, lo que pasa es que sin humor esto no sirve. Siempre tengo para hacerles un chiste a las clientas: “¿Cómo querés que te arregle el pelo si la cara no te acompaña?” (Risas).

Pero bueno, gracias a Dios soy un hombre que no tiene enemigos, nunca los tuve; no fui de meterme con las sociedades de peluqueros o de ir a compartir un atelier, o esas cosas. Si lo hice fue por mis propios medios. No me gusta mezclarme con otros profesionales. Quizás suene un poco egoísta, pero me siento bien así. 




¿Edades de las clientas?

Tengo de todo. Viene gente de 90 años, niñas de 12 o 13 años que traen sus mamás… a medida que algunas van desapareciendo con el tiempo, aparecen nuevas. Se van renovando todos los días. Gracias a Dios no me puedo quejar, tengo clientas chilenas, brasileras, tengo dos uruguayas, tengo gente de Mendoza que viaja hasta acá porque cuando trabajaba allá dejé buena imagen y hasta el día de hoy me siguen. Tengo de todo, gente querible, gente a la que he hecho reír, gente que ha llegado en un momento de depresión y se ha ido con la autoestima elevada. No solamente yo le sirvo de oído, sino también las otras clientas escuchan y aconsejan. Yo escucho.

El peluquero escucha…

Es el “psicólogo gratis”. Tenemos que escuchar muchas cosas. Yo siempre digo que “si tuviera que confesarme, necesitaría 20 años y las confesiones que tengo yo son más que las del Padre Pancho” (risas). Hay cosas irrepetibles. Obviamente que acá no se divulga nada, todo lo que se dice acá, muere acá. Si se confiesan de algo que han hecho mal, o bien, o lo que sea, muere acá. Acá no se critica a la clienta si viene elegante, o si viene con un jogging porque estuvo barriendo la vereda… acá entran todas. El precio es accesible para todas. Se ayuda a quien necesita y te pide pagarlo en dos veces. Son gente confiable.

¿Admirás a algún peluquero famoso?

(Miguel Ángel) Martinucci. Tuve la oportunidad de conocerlo y es una estilista que más allá de que “lo que dibuja lo hace”, lo admiré siempre.

¿Sueños que te queden por cumplir?

Con la edad que tengo, sueños no. Quizás ver que mis nietos cumplan más que yo, yo quiero que avancen, que les vaya bien.

A mí me fue bien, siempre he trabajado, me gustó la plata, no me volví rico, pero estuve tranquilo y desde hace un año me pude dar el placer de no trabajar a la tarde. Algunas clientas protestaron, pero se acostumbraron. El único día que hago algunas horas más es el sábado que empiezo a las 9 y termino a las 5 y media de la tarde. Ya no me dedico a peinar en fiestas a no ser que sea alguna clienta de muchos años a la que le busco un lugar y la atiendo, pero si no, no.

No vas a domicilio ni nada de eso.
No, lo hice en la época en la que estaba en Mendoza, cuando no se trabajaba sábado, domingo ni lunes, pero acá no. Solamente con gente que estaba enferma, clientas de 20 años de atenderlas o más, pero excepcionalmente y porque en momentos difíciles míos, ellas me ayudaron a mí.