lunes, 24 de junio de 2019

Perdió los cinco dedos de una mano, pero nunca las ganas de luchar

Alejandro Bonada el un hombre de 57 años que, en un accidente, perdió todos los dedos de una mano. Si bien vive en Godoy Cruz, viaja a San Rafael para realizar en el departamento venta ambulante de distintos productos. 


La historia de una persona que a pesar de las contras que le dio la vida, sigue poniéndole el hombro para seguir adelante. 

¿Cómo perdió la mano?
Es una historia muy triste. Me pasó el 12 de agosto de 1981 en Leandro Alem, en la Provincia de Misiones. Dentro de la carpintería de un instituto de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Yo estaba allí trabajando para intentar ganarme una beca y ese fatídico día me corté todos los dedos.
Estaba cortando maderas, me distraje en un momento y me amputé yo mismo los cinco dedos de la mano derecha en la primera y segunda falange.
Allí empezó mi “fin”.

Me llevaron al Sanatorio Adventista del Nordeste Argentino (SANA), me cosieron pero no me pudieron reinjertar los dedos porque el trazo de la hoja era grueso, corría riesgo de que se formaran dos bolas de carne que después no me permitirían agarrar nada. Me dejaron así.

Tuve el agravante de que me dieron una carta que yo tenía que abrirla traspuestos los límites de la provincia de Misiones y me daban una serie de consejos, refiriendo que yo no era bienvenido en la institución y me sugerían que encontrara en mi provincia profesores que se encontraran aptos para atenderme a mí.

¿Y eso por qué?
Si bien es cierto que mi comportamiento no fue muy bueno en esos últimos días, era en virtud de mi accidente, tenía 19 años, así que vuelvo a Mendoza y pido ayuda en la Iglesia Adventista allá pero lejos de ayudarme, ahí me echaron también.

Como existen muchas religiones que hablan de “la inminente venida de Cristo”, hermano preparate que Cristo viene y, con esa premisa, lavan a algunos la cabeza de algunos jóvenes (y yo me incluyo). Llegué a pensar que “si les hacía juicio, Dios se iba a enojar conmigo”, porque “¿cómo les voy a hacer juicio a mis hermanos de fe?”

Me fui a Buenos Aires con el regreso de la Democracia, empiezo a ganarme la vida allá vendiendo, estudiando de a ratos peluquería y en 1983 tomé conciencia de una cosa es la religión y otra cosa es el hombre que se sirve de ella. Pero ya fue tarde, porque la posible demanda por daños y perjuicio que le podría haber iniciado a la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo día, al no haber una denuncia formal y penal en 2 años, prescribió. De manera que nunca hubo posibilidad de pedir lo mío.

Sin trabajo, con muchas necesidades encima, de Buenos Aires me vuelvo a Mendoza. Allá por el 2000, 2001, le envío una carta al director de la Asociación General (estaba un tal pastor Spada), y les pido que tengan alguna atención conmigo ya que yo nunca había accionado judicialmente contra ellos y estaba pidiendo que se pusieran la mano en el corazón. En ese tiempo, mi necesidad inminente, era una vivienda (y lo sigue siendo). Yo por causas ajenas a mi voluntad, sigo viviendo en condiciones bastante malas. 


¿Dónde vive?
Vivo en un asentamiento en Godoy Cruz, Mendoza, en el muy mal afamado “Campo Papa”, donde prolifera –hoy por hoy– el narcotráfico, la delincuencia y otros males.

¿Qué ocurrió entonces?
Ese presidente de la Asociación me contesta diciéndome que habían buscado y que no se encontró registro mío en la iglesia. ¿Cómo iban a encontrarlo si me borraron? Me decían que había miembros con mayores discapacidades que la mía y que igualmente se podían ganar la vida sin molestar a nadie e inclusive me dejaron entrever que estaban facultados a accionar judicialmente contra mí porque ya consideraban que los estaba hostigando… y como ellos tienen el poder, nunca se les puede hacer nada.

Pero yo sé que hay un Dios y ese Dios a su debido momento se encargará de cobrar lo que sea y acá. Yo entiendo que esto es como “un bar”: nadie se va sin pagar.

¿Tomó otra religión?
Volví a la Iglesia Católica. Más allá de ser acusada como “la tan pecadora”, fue de la que nunca tendría que haber salido, porque en la Viña del Señor hay de todo y Él mismo dice “dejen que crezcan la mala hierba y el trigo hasta el momento de la cosecha”.

¿Cómo se compone su familia?
Actualmente se compone de mi esposa Lidia; mi hija mayor, María Lourdes; el que le sigue, es el oficial de policía y músico de la Banda, Luciano; y el más chico, Rafael, que es maestro mayor de obra y músico trompetista de Cultura de la Municipalidad de Godoy Cruz.

Por mi hija tengo dos nietos y por Luciano, tres.

¿Qué es lo que vende, a qué se dedica en la actualidad?
Bueno, lo que hago es golpear puertas, como siempre humildemente y sin faltarle el respeto a nadie dirigiéndome de la mejor forma posible a la gente para que vean que no todos los que andamos en la calle somos “gente de mal-vivir”. Yo tengo la suerte de que hay gente solidaria y de buen corazón y son contados con los dedos de mi mano sana las personas que me “sacan vendiendo almanaques”. Generalmente, son los señores que no saben lo que es la necesidad, porque el que sabe, nunca deja de lado a una persona que necesita.

Vendo hilo, aguja, broches, curitas, repasadores, medias, y otras tantas veces vengo con condimentos… La cuestión es ganarme la vida honradamente. Tengo gracias a Dios y a la Santísima Virgen una pensión graciable, no es el sumun, pero hoy no llego ni al tercer subsuelo de la línea de indigencia con el sueldito ese, de manera que salgo a ganarme la vida.

Tengo estudios secundarios, soy perito mercantil (egresado en 1980) de los Jesuitas, soy un martillero público y corredor de comercio frustrado, porque en 2008 bajé el Programa de martillero público y corredor de comercio de los Tribunales Concursales, me lo estudié todo, lo estaba por rendir en la Suprema Corte, y no pude rendir porque me faltó el aval, y el aval era un profesional que firmara en la matrícula y no lo tuve. Por ende, quedó algo pendiente, aunque “el saber no ocupa lugar”, al contrario, me ayuda a que no me metan el dedo en la boca.