miércoles, 1 de mayo de 2019

La pintura: un medio de vida, una pasión

Belén Burzichelli tiene 38 años y es una reconocida artista y docente sanrafaelina, recibida en el Instituto Profesorado de Arte. Si bien su nombre está asociado de manera firme al mundo de la pintura, la escultura no le es ajena, de hecho la obra suya “El sonido de la forma” aguarda a ser construida detrás del Anfiteatro Chacho Santa Cruz. 


¿Cómo llegaste al arte?

En el 2004 comencé a estudiar la carrera de artes visuales acá en San Rafael en el Profesorado de Arte. Anteriormente, yo había estudiado otras cosas que tenían que ver con la Química, la Biología, es decir, nada que ver. Yo había ido a la escuela Iaccarini, que me gustaba, pero que por ahí me influenció mucho y me tapó esta veta. Lo descubrí porque aparentemente tenía que ser así. En el 2004 comencé y en 2009 me recibí. Hice como primera especialidad 4 años de Pintura y como segunda especialidad, 3 años de Escultura.

¿Pero el arte no fue algo que trajeras desde la juventud?
No, lo curioso fue que nunca me relacioné con el Arte desde antes. Fui a aprender desde cero ahí, no tenía idea de nada. Fue muy complicado al principio, aunque creo que me costó toda la carrera. Recién podría decirse que el último año –que era justamente más libre más creativo– fue cuando me pude explayar o expresar mejor, ya que Los primeros años son más académicos, más técnicos y uno va aprendiendo todo eso.

¿Qué cantidad de obras has hecho más o menos?

No podría decir un número exacto, pero desde 2009 empecé a pintar y a vender. Podría decirse que alrededor de 100 obras tengo que haber hecho, seguro. Lo que pasa es que uno les pierde el rastro o se olvida… Y te encontrás con un cuadro que te olvidás que habías hecho… También hay un trayecto académico que es la parte del estudio donde uno también hizo muchos trabajos que quedaron ahí. 


¿Qué te inspira?
Tengo una temática que siento muy arraigada a mí, que tiene que ver con todo lo que es autóctono para nosotros, que es lo relacionado con la viña, con el trabajo de nuestra tierra. Tal vez sea porque me crié en un entorno relacionado con la actividad de mi abuelo, Julio Virgilio Burzichelli, con quien tenía un vínculo muy cercano. Descubrí a través de lo que pintaba y de lo que hacía, que todos esos sentimientos que afloraban tenía esa relación y a la vez definí bastante lo que a mí me gustaba hacer, porque el arte se va transformando en esa búsqueda, en esa experiencia en la que vas encontrando cosas nuevas, mientras vas creciendo y cambiando.

Ahora lo que estoy pintando tiene que ver mucho con la naturaleza, con la flora de nuestro lugar, los pájaros de la zona. Estoy en “etapa de madre, eternamente y feliz” y los niños son de percibir mucho la naturaleza, entonces eso como madre me llega y me toca de otra forma. Cuando la maternidad llega a tu vida tenés esta visión quizás “más orgánica” del arte o lo vivís de otra forma. 


¿Qué artistas te generan admiración?
Cómo un referente cercano (porque es mendocino), Carlos Alonso, ya que me encanta su línea, su dibujo; otro artista actual de Mendoza que me gusta es Gabriel Fernández, quien ilustra para el diario Los Andes, me gusta mucho esa línea, ese dibujo espontáneo, su síntesis; y después artistas de la época como Miguel Ángel y Leonardo, creo que son maestros para todos, es imposible no mirarlos como genios de la pintura.
El Impresionismo me gusta bastante también. Si bien son estilos, movimientos muy diferentes, no dejo de encontrar cosas que me enriquecen. 

¿Cómo es el proceso para pintar un cuadro?
Cuando empiezo a pintar, empiezo por “la mancha”. Hubo una época en la que –literalmente– tiraba pintura arriba de las telas que usaba. Tengo muchos cuadros hechos con vino, donde partía con el vino y después lo intervenía con alguna otra técnica. Pintaba sobre esa mancha que me sugería algo, y seguía trabajando con otro material.

En mis pinturas está muy presente la mancha, ya sea a través de la mancha explícita, de la espátula o del pincel, pero está, se nota. 


¿Qué hacés desde el punto de vista laboral?
El punto de la producción artística lo sostuve siempre, gracias a Dios conseguí un marido que me apoya muchísimo, que es el primero que me dice “no dejes de pintar”. Obviamente no es fácil sostener eso porque la vida pasa, vas teniendo hijos, formando la familia y tenés otros compromisos, pero sigo pensando que el camino del artista es silencioso porque pasás mucho tiempo puertas adentro trabajando y cuesta que se conozca lo que haces. Cuando pasa el tiempo construís experiencia, trayectoria y empieza como a querer moverse tu actividad y se crea algo más dinámico. Yo trabajé de las pinturas, de las restauraciones de imágenes religiosas para la catedral de San Rafael y otras parroquias, y desde hace 2 años tengo unas horas en el colegio Maristas. Por ahí hay épocas también en las que dicto talleres.

Antes de recibirme comencé a restaurar imágenes para la Catedral. Allí mismo hay un retrato de San Juan Bautista que mide casi 1 metro 80, que se puede ir a visitar. Se encuentra en el bautisterio.

¿Siguen esas imágenes ahí? Sí, están. Lo que se hizo no fue “restauración y conservación de obras”, esto vendría a ser una “reparación”, porque muchas de las obras no se encontraban en su estado original, sino que ya habían sido intervenidas por otras personas (en la mayoría de los casos, sin conocimiento), entonces uno se encontraba por ahí con una obra llena de pintura arriba y abajo estaba la obra original. Sí me tocó una serie que eran originales y pude aprender cómo se esfumaba, cómo se hacía el color de la piel y un montón de cosas.

Con el tiempo fui aprendiendo más, porque no hay alguien que enseñe eso, es algo que uno construye. No está acá la carrera de Restauración y tampoco la he hecho yo. Se dio todo muy casual. 


¿Cómo surgió “El sonido de la forma”?

Cultura hizo el lanzamiento de un certamen de esculturas para el proyecto del parque de los jóvenes, del cual participamos ocho artistas y salimos seleccionados cinco. Yo obtuve el segundo premio. El concepto de la obra está ligado al movimiento y a la integración de un espectador no vidente, la intención es que sea contemplada también por personas con capacidades diferentes. Es una escultura sonora, articulada: el sonido se genera a través de movimientos que hace el espectador y tiene inscripciones en Braille. Lo que se presentó es un prototipo, el cual se realizará a escala cuando el municipio nos otorgue los materiales.