viernes, 26 de abril de 2019

Noemí Gargantini de Mahía: Una vida dedicada a IRIS

Noemí Gargantini de Mahía (83), es desde hace más de 35 años, la presidenta del Instituto de Rehabilitación Infantil San Rafael (IRIS), el cual se ha transformado en una parte fundamental de su vida. Cientos de alumnos que han pasado por sus aulas, no podrán olvidar seguramente, la sonrisa y las palabras de afecto de esta incansable mujer. 


Nació en Rivadavia, pero llegó a San Rafael tras casarse en 1960 con el sanrafaelino Domingo Vicente Mahía.

¿Tiene hijos?
Sí, dos: Gabriel Domingo Mahía, que es médico y vive en España, y que vino a visitarme hace poco; y otro que Adrián Andrés Mahía que vive acá con su familia.

¿Cómo llegó a formar parte de IRIS?
IRIS se fundó en 1956 para luchar contra la poliomielitis, mucho antes de que se creara la escuela que funciona ahora en la institución.
Siempre hacían una rifa a beneficio de IRIS y rifaban un tapado de piel en aquella época. Yo llevaba a mis hijos a vacunar contra la polio.
Como mi marido tenía bodega y Rosita, la presidenta de aquel momento, llevaba los bonos a las distintas empresas, nos llevó un talonario a notros. Me gané el tapado de piel. Vine a buscarlo y me pidieron que interviniera en la comisión, entonces lo hice.

En ese tiempo la comisión tenía como 30 señoras del medio. La presidenta no tenía hijos, ni marido.

Era todo ad honorem, se repartía lo poco que teníamos para la secretaria, pero era todo ad honorem. Pasó un tiempo y había que tomar otras medidas. Para entonces yo ya estaba de vicepresidenta y quedé de presidenta.

Rosita que era tan trabajadora, hacía que yo no me animara a sentirme capaz de obtener el cargo de la presidencia. Le comenté a mi marido y él me dijo “Mimí, si Dios te ha puesto en ese camino, acéptalo”. Y de ahí, desde hace muchísimos años que soy presidenta de la institución. 


Entonces, se puede decir que “desde un tapado de piel”, o que “de casualidad”, llegó a IRIS.
Sí, y la verdad es que amo la institución y que es parte de mi vida. Estamos en esta lucha pero me hace feliz porque siento que ayudo a los chicos que lo necesitan.

¿Tiene idea de la cantidad de chicos que pasaron por la institución desde que usted ocupa la Presidencia? Muchísimos. Y cuando los veo, quizás son grandes y a lo mejor estoy en la calle, me saludan y me dan una gran satisfacción. Esto es una familia, las maestras son una maravilla, los profesionales también, así que bueno, es muy gratificante. Uno se siente muy bien de ayudar al prójimo. Es mi segunda casa.
¿Ha hecho amigas en IRIS?
¡Sí, por supuesto! Mis más grandes amigas ya partieron todas, hace tres años quedábamos dos (la tesorera y yo y desgraciadamente ella), pero gracias a Dios tengo esta gente “nueva”, más joven, que dicen “le debemos tanto al IRIS que ahora estamos en la Comisión Directiva para devolver un poco lo que recibieron en esta institución”. Son gente excelente, muy trabajadora.
Yo ya no puedo viajar a Mendoza, como íbamos antes con Blanca Massi (la tesorera) a recibir los petrones cuando no había dinero. Luchábamos, o íbamos a ver al gobernador para seguir adelante. Eso ahora lo hace esta gente más joven… Éramos tres en esa época, Blanca Massi, Raquel Eraso (la secretaria) y yo. Éramos las que quedábamos de esa comisión enorme, pero ellas dos “me ganaron” (risas). 


¿Cómo está IRIS hoy? 
Seguimos en la lucha, sobre todo el año pasado fue terrible porque necesitábamos la habilitación, así que ha sido… Me refiero a la habilitación del edificio. Hubo que poner pintura anti-fuego. Entonces se ha habilitado una parte y se entra por un portón hacia la escuela y por otro ingreso hacia el sector de Rehabilitación (kinesióloga, fonoaudióloga, terapista vocacional, pediatra que es la que recibe al niño y hace la derivación a las demás profesionales según su patología).

Imagino que en IRIS ha encontrado muchas historias tristes, o que ha tenido que ayudar a las familias.
Sí, realmente. Hay tantas cosas tristes que pasan. En realidad esto ha ayudado muchísimo al niño que estaba en una casa, que a lo mejor no salía a ninguna parte. Pero no solamente con IRIS, sino también con otras instituciones que hay se ayudó a que el niño saliera de su casa, tuviera otra calidad de vida. Nosotros en la escuela también tenemos arte a la tarde y esos chicos que terminaban la primaria, sabían dónde ir. En cambio ahora se hace arte, donde hay baile, teatro y hay una persona grande que viene, en su silla de ruedas y baila y es una maravilla ver cómo les ha cambiado la vida a esos niños que antes estaban en una casa sin poder hacer nada.

Eso nos pone contentos: Brindarnos y ayudar a quien nos necesita.

¿Se siente feliz de estar aún en IRIS?

Sí, y más ahora que estoy sola. Si bien tengo a mi hijo, él tiene su vida. Esto me ayuda muchísimo a mí también porque me siento útil. En vez de estar todo el día metida en mi casa sin hacer nada, estoy ayudando y me siento muy feliz.