sábado, 23 de marzo de 2019

El reloj biológico nos falló

¡Ni una sola le pude atajar!…
Por mi edad, por mis antecedentes, por muchas razones pensé que podía salir bien parado de esa situación, pero no… 



Paseábamos con mi hijo en el auto mientras hacíamos tiempo para ir a buscar a su hermana. El paseo se prolongó por varios lugares de la ciudad, ya que la espera se hizo larga. La tarde estaba esplendida, algunas nubes cubrían al Sol y ya, por el lado norte, comenzaba a manifestarse la Luna… Visitamos el centro, el boulevard, el parque, la apertura de la Av. Granaderos, y por ahí seguimos viaje hasta la nueva terminal…

Colectivos, le dije a mi hijo, colectivos me dijo él. Se veían grandes y hermosos, entonces vinieron a mi memoria los recuerdos de ese lugar, pero cerca de cincuenta años atrás…



Los primeros pasos los di en ese barrio, la única calle asfaltada era la Gral. Paz, una vía importante para comunicar el centro con el norte de la vieja ciudad. Pero más importantes eran las vías del tren. En ese territorio se erguían imponentes galpones y cientos de fantasías nacidas de la creatividad popular, también había profundos piletones repletos de agua que nos invitaban a nadar (en uno de ellos, un día, casi me ahogué, pero eso es harina de otro costal), un puente circular para dar vuelta la locomotora, una que otra zorra sobre las vías, y algo más… Un guinche sobre dos rieles a un costado de la trocha que, por entonces, la única utilidad que tenía era darle rienda suelta a nuestra frondosa imaginación…

Eran días de vacaciones y eso era igual a tener mucho tiempo a nuestro favor para jugar casi sin límites de horarios. A la hora del almuerzo teníamos que parar; en la siesta, si nos podíamos escapar, la seguíamos. La tarde era toda nuestra hasta la hora de la merienda, que alguna madre con un grito desde la puerta de su casa se encargaba de anunciar con el típico… ¡Carlitoooosss, a tomar la lecheee!... y, si nos habíamos portado bien, a la noche le entrábamos a las escondidas.

La mañana que vino a mi memoria llegamos cerca de las once a nuestro querido guinche (que se encontraba donde hoy se ubica el café de la orgullosa terminal), recuerdo la hora porque nos señalamos que era tarde y no nos podíamos distraer por mucho tiempo.

Era mágico, entrábamos como en trance, con solo tocar sus fierros se apoderaban de nuestro espíritu todos los súper héroes que por entonces existían. Quizá haya sido su simpleza: Cuatro ruedas de tren, una base firme de metal, un brazo fornido como de diez metros de altura, una cadena gruesa con un gancho en su extremo que pendía desde la punta, y en la base unas ruedas con manijas que se engranaban entre sí. Eso era todo y todo servía para nuestra diversión.

Patoruzú se hizo presente, Tarzán, El Hombre del Rifle, Cheyenne, El Llanero Solitario, Súperman, El Hombre Araña y, si mal no recuerdo, hasta Patoruzito llegó ese día. Todos convivían armoniosamente en ese lugar; cada tanto, es verdad; algún chispazo se producía por eso de la supremacía del poder, pero de inmediato se recordaba que todos eran superhéroes y el único enemigo en común era el mal… ¡contra él había que luchar!

Tanto nos entusiasmamos aquel día que nos olvidamos de lo principal… ¡llegamos tarde y de eso nos teníamos que acordar!

Pero no nos acordamos, se nos olvidó, nuestras mentes navegaron por fríos polares, selvas impenetrables, altísimas montañas, bravíos mares… El reloj biológico no nos despertó, pero sí nos trajo a la realidad el poco movimiento que se manifestaba a nuestro alrededor. Alguien preguntó: ¿che, qué hora es?... De pronto algunos tuvimos alpargatas, o pantalones cortos, gorritas para cubrirnos del Sol y… ¡qué sé yo!

Los que hasta ese instante no sabíamos de miedos, se nos paralizó el corazón. Sin dudas era tarde, muy tarde, la hora de almorzar se nos pasó y eso acarreaba una grave situación… ¡Se pagaba con paliza!

Rápidamente nos dispersamos, cada uno, urgente, tenía que volver a su casa. La mía se encontraba a ciento cincuenta metros. Los primeros cien sobre la Granderos, los últimos cincuenta en la Bombal. A medida que contaba mis pasos en la avenida pensaba qué carajo le diría a mí vieja. Eso hice hasta llegar a la esquina... Por suerte todo venía bien, pero, al doblar, venía ella, mi vieja, ojota en mano. Me rectifico: ¡ojotas en manos y sus pies descalzos!...

Yo era el arquero del equipo de fútbol y todos decían que tenía buenos reflejos, se jactaban de tenerme cuando jugábamos barrio contra barrio, pero ese día perdí por goleada, ni una sola le pude atajar. Me cubría por arriba y me entraba por abajo, bajaba la guardia y me entraba por arriba. Era más veloz que yo… ¿cómo podía ser si estaba re vieja?... ¡tenía como treinta y ocho!

Así transité los últimos cincuenta metros hasta llegar a mi casa. ¡Adentro me entró un poco más!

¡Nunca más el reloj biológico me falló, mi madre para siempre me lo arregló!

Por: Mario Castro