sábado, 25 de agosto de 2018

Una manera diferente de entender la muerte

El profesor Alejandro Vásquez (33), hace años aprendió a ver a la muerte de una manera distinta a como lo hace el común de la sociedad. Virtuosamente, vuelca sus conocimientos en seminarios y en charlas personales con aquellos que se acercan a ella para que aprendan a sobrellevarla de una forma más armónica con el universo. 


¿Cuál es tu formación académica?


En cuanto a mi formación de base, soy profesor de grado universitario en Historia del Arte, y después tengo formación de posgrado en Cuidados Paliativos (para paliar el dolor), de la Facultad de Ciencias Médicas; formación en Resolución de Conflictos, mediación; soy mediador nacional arte-terapeuta… un combo importante.

¿Dónde trabajas?


Tengo varios frentes de trabajo, pero en cuantos a los que más me gustan -por decirlo así- trabajo en la Universidad Nacional de Cuyo, doy clases en la Facultad de Ciencias Médicas en un programa de Humanización del Trato Médico, para estudiantes que están formándose en atención a pacientes en situación de finalidad de vida, entonces ese trabajo consiste básicamente en aprender a comunicar las “malas noticias”, aprender a paliar el dolor y aprender a que hay dolores que no se curan. Y además, trabajo en la gestión universitaria en la misma Universidad Nacional de Cuyo: soy capacitador con un programa de capacitaciones que tienen por objetivo acercar distintas propuestas formativas a toda la comunidad mendocina (se llama La universidad en la calle), y es sacar los pequeños espacios de formación a la comunidad, y llevarlos a todos los rincones de la provincia. Son programas de humanización, mediación y arte-terapia.

Para contextualizar, ¿qué trajiste a San Rafael en el mes de agosto?

Comenzamos el primer ciclo de talleres de formación La Universidad sale a la calle, empezando con el taller de abordaje del dolor y del sufrimiento (como herramienta para alcanzar el desarrollo personal) y al mismo tiempo, dictamos un taller que trataba sobre el autocuidado, para aquellos que se dedican a cuidar a otras personas, es decir, cómo se cuidan las personas que dedican a cuidar a otros.

Bueno, vamos a un tema crucial de tus talleres: ¿Cómo definirías a la muerte?

Hay varias definiciones. La primera que se me ocurre es una que hablamos en el taller y es simplemente y en una primera lectura “el fin de la vida”, pero en una segunda lectura mucho más profunda (y a mí que me gustan las profundidades), “es el comienzo de una vida”. La muerte es el umbral que le permite a uno comenzar a vivir.

Desde el punto de vista de la pérdida de un ser querido, ¿cómo se hace para aprender a convivir con la muerte?

Aprendiendo que la muerte es simple y complejamente (al mismo tiempo) un estadio más de la vida y que los seres queridos pasan por ese momento. Aprendemos a convivir con la muerte del otro si aceptamos que nosotros también nos vamos a morir y lo más difícil es aceptar que el otro se tiene que ir y que es sano que se vaya (para él y para mí), es un desafío, pero es lo más sano para los dos. La peor condena es la vida eterna.

¿Qué opinión te genera aquello de que “lo natural es que los hijos entierren a los padres”?

Lo cierto es que todos somos pacientes terminales: todos estamos esperando pacientemente que llegue el fin de nuestras vidas, lo que no sabemos es cuándo, ni cómo, ni con qué (de qué forma). De verdad, esa frase (“lo natural es que los hijos entierren a los padres”) tiene muy poco de cierto, lo único cierto es que nos vamos a morir, no sabemos cuándo, ni en qué circunstancias. Hay expectativas: uno espera morir de viejo, es lo que las películas nos venden, pero los niños también se mueren, y los adolescentes, los adultos y los viejos también se mueren. No hay un tiempo para la muerte. Hay momentos. Uno viene a cumplir una misión en la vida, cumplió su ciclo y ya está, es momento de retirarse. Lo otro es un constructo social, no es real, lo real es que nacemos para morir, no sabemos en qué momento será.

¿Te costó aceptar la muerte?

Yo llegué porque mi biografía tiene “mucho de muerte”: muertes familiares, muertes personales también. Tuve que enterrar muchas cosas de mí, tenía que aceptar que muchas de las cosas que los demás esperaban de mí tenían que morir, para yo ser la versión auténticamente más cercana de mí mismo. Tuve que enterrarme varias veces a mí mismo y tuve que enterrar también y acompañar a miembros de mi familia que morían; ver a mis padres y a mis hermanos envejecer; ver perder parte de mi familia; amores, desamores… todo eso son pequeñas muertes diarias que no tengo solo yo, sino todo el mundo. 



¿Cuesta aceptar la propia muerte?


Cuesta aceptarse débil, no sé si cuesta la muerte porque ninguno sabe qué es la muerte, nadie ha vuelto de allá. Lo que cuesta es aceptarse débil, aceptarse vulnerable, mirarse al espejo y ver que cada vez estamos más cerca de la finalidad de vida. Eso resulta doloroso en la medida en que uno no hace un trabajo de aceptación diaria, de conciencia de que morir forma parte de la vida y de que es el destino ontológico, el destino final de cada uno de nosotros. Como lo negamos, todo lo que negamos nos duele.

¿Sirve sostener al ser querido en este mundo “a como dé lugar”?


Lo que sirve es tener buena calidad de vida, no “cantidad de vida”. Por eso cuando hablamos si hay que morir “de joven” o “de viejo”, eso no importa, lo que importa es la calidad de vida, no importan los años: uno puede tener muchos años y no haber vivido nunca, nunca haber conocido el amor, nunca haber conocido la alegría, la tristeza. Lo que importa es haber vivido y para vivir no existe una cantidad de tiempo y forzar al otro a vivir porque eso “me da felicidad” es un acto de egoísmo porque el otro necesita irse, el otro necesita darle un cierre a su vida y yo trabajar para darle un cierre a la mía.

A lo largo de tu trabajo, ¿con qué te has encontrado?


A mí me gustan las charlas porque, para empezar, son ejercicios de meditación. Lo que trabajo en los talleres es el resultado de muchísimas reflexiones, de mucho trabajo personal, de muchos estudios… pero básicamente lo que me he encontrado es la mejor versión de mí mismo, porque a veces me sorprendo cuando me escucho y tomo conciencia de algunas de las cosas que estoy hablando, que estoy compartiendo; a veces me sorprendo también de ver la construcción de algunas cosas, de cómo llegué a construir eso; me sorprendo porque a pesar de ser muy flaquito, me veo la fortaleza en otras cosas que van más allá de lo físico, me digo “yo que pensé toda la vida que era tan débil y soy bastante fuerte, me he animado a hacer cosas que mucha gente no”, como acompañar a quien nadie acompaña, como trabajar sobre la muerte (o la propia muerte), acompañé mis dolores, mis alegrías; también me he encontrado con historias fantásticas, como en un asilo donde me encontré con un abuelo que me dijo “se me murió mi esposa hacer dos años y desde entonces estuve guardado en la casa. Lo mejor es que salí y llevo acá una hora y me encontré con su charla”. Justamente estábamos hablando del envejecimiento y de lo importante que es saber estar solo y él dijo “me ha tomado toda la vida tratar de comprender y en su charla pude ver de qué se trataba estar solo y cuál es el desafío que tengo de ahora en adelante”. La verdad es que eso me pegó un montón, porque uno no se da cuenta del valor que tienen las palabras que uno emite, hasta el otro -como espejo- le hace ver que esas palabras son un puente, que esas palabras también son consuelo, que son una plataforma para alcanzar lo que por sí mismo no podías hacer. A veces la gente llora en los talleres y yo también lloro. Me he encontrado con lo mejor y lo peor de mí y también de los demás.

¿Cuál es el valor de llorar?

Es una expresión y es una purga, es un mecanismo que tiene el cuerpo para sacar, para limpiar con el agua de una lágrima… son mecanismos de limpieza del cuerpo y del cuerpo espiritual y del cuerpo psíquico. Llorar es expresar, es sentirse vulnerable y sentirse fuerte porque está saliendo lo que tiene que salir.

¿Qué sentís que te queda por aprender en el marco de este trabajo?

Todo el tiempo estoy aprendiendo. A veces me pregunto con qué me iré a encontrar cuando voy al hospital o en los talleres y siempre me sorprendo porque me considero un estudiante crónico de la vida. Todo el tiempo estoy observando, mirando a las personas, los gestos. Salir a tomar un café conmigo es “descubrir el mundo” porque estoy permanentemente observando, me descubro y descubro a los otros.

¿Qué hace Alejandro en los ratos libres?

Aprovecha para estar con su perro, Fidel Simón. Es un caniche que -paradójicamente- no ladra. Es mi mejor compañía. Cuando estoy en los ratos libres aprovecho para tejer, bordar, escuchar música. La música para mí es una gran aliada; me gusta salir al parque, la naturaleza… como trabajo todo el tiempo con personas, en los ratos libres aprovecho a estar conmigo.

¿A qué personas admirás?


Admiro a la mujer que se levanta a la mañana temprano para darle el desayuno a los hijos (algo que ya se está perdiendo); admiro al hombre que sale a trabajar en la viña sabiendo que la plata no le va a alcanzar (ese estoicismo); admiro fuertemente a la persona que se atreve a amasar el pan cuando se da cuenta que ese gesto milenario se está perdiendo; uno admira a las personas que se quedan “a pesar de”, a pesar de que el otro no las quiera como compañero, a pesar de que el otro se esté yendo, admiro mucho a los que tienen la valentía de vivir, con lo difícil que es vivir.

Imagino que no le tenés miedo a la muerte, pero ¿qué le dirías a aquel que sí le tiene?

Que pasado un breve tiempo va a despertar eternamente y ya no habrá más muerte (como dice el poeta inglés John Donne), porque la muerte existe en la medida en que uno tiene conciencia de ella.

¿Alguna frase que tengas en tu vida?

Una de Boris Cyrulnik, que es el padre de la resiliencia: “Que ninguna herida sea un destino”, eso me ayudó a salir de mis propias fauces del dolor y acompañar a los otros, entender que mis heridas no iban a ser mi destino.