sábado, 11 de agosto de 2018

El desafío de dar clases detrás de las rejas

La educación es un derecho y un privilegio al que acceden algunos de los reclusos que se encuentran detenidos en la cárcel. Una docente de Inglés, cuenta cómo es la experiencia de dar clases en la penitenciaría de San Rafael. He aquí, la enorme diferencia entre la educación común (a la que estamos acostumbrados) y educar dentro de “la tumba”. 


María Mercedes “Marita” Fiochi (46) hace 17 años que es profesora de Inglés. Trabaja en escuela Aguas del Diamante de Cuadro Nacional, en el CENS 3-468 Daniel Prieto Castillo y en la penitenciaría que es un aula anexa a éste. Hasta hace poco, además, fue la directora del instituto SURICANA. En 2006 le propusieron enseñar ese idioma nada menos que en la cárcel de San Rafael.
¿Cómo llegaste a dar clases en el penal de San Rafael?

Yo trabajo en el CENS 3-468 Daniel Prieto Castillo, y esta tarea en el penal empezó como un proyecto. En ese momento, la directora me preguntó si quería tomar esas tres horas para ir a dar clases allí. Le dije que sí. Después fue aumentando la cantidad de horas de acuerdo al proyecto y también se extendió a la Colonia Penal.

¿Cómo lo viste al principio?
Al principio fue fuerte. Como que te lo ofrecen y es un compromiso… me sentí como en el compromiso de tomarlo, no sé por qué lo tomé, pero lo hice.

¿Dijiste “dejame que lo piense y después te contesto”?, ¿fue algo que hablaste con tu familia antes de decidirlo?
No lo pensé con nadie, no dije “mañana te contesto”, dije que sí de una. Me salió decir que sí. En ese momento tenía poco trabajo, entonces un ofrecimiento de horas me venía bien. 


¿Cuántos alumnos tenés en el penal?

En total, en lo que es nivel secundario son aproximadamente 170, pero lo que pasa es que no van todos los días, porque el penal está sectorizado, entonces, con respecto a la escuela, un lunes salen los pabellones 2 y el 4 (que entre ellos no hay problemas entonces pueden salir juntos). Para que esos mismos dos pabellones vuelvan a salir, tienen que esperar mínimo una semana (con suerte), a veces un mes. Entonces vos tenés un alumno ahora, y lo volvés a tener más o menos en dos o tres meses.

Entonces, los viernes -que es cuando voy yo a darles clases- el máximo número de alumnos que he tenido ha sido de 20 o 25. A veces hay dos. Es de acuerdo al pabellón que le toque salir ese día, de acuerdo a lo que haya pasado últimamente. A lo mejor un alumno que está en el pabellón 4 se anotó para ver al médico, o al psicólogo, o tuvo salida al juzgado… entonces es muy inconstante.

Se hace muy difícil entonces.
Es fuera de lo que una está acostumbrada. Es desafiante, completamente distinto a lo demás, desde el material que usas, la metodología, la didáctica, el material humano (los compañeros), la red de apoyo de colegas (ya que nosotros damos clases en el mismo lugar que la primaria, estamos todos juntos a la vez). Material nunca hay, estamos todos pidiendo una birome para poder trabajar, o fotocopias (todos trabajamos con una sola fotocopiadora).

Además, cuando llegas no sabés con qué te vas a encontrar ese día.

Nunca, jamás sabés quién va a estar ese día. El material tenés que organizarlo completamente diferente a la escuela pública. Vos en la escuela sabés por dónde vas en tu clase, qué es lo que vas a dar en la próxima, te organizás, planificás (tenés que hacer fotocopias, llevar libros o lo que sea), acá cada alumno está en una parte de un semestre. El cursado se divide en tres ciclos y cada ciclo en dos semestres, entonces vos un día podés tener dos alumnos del tercer ciclo, pero tenés a un alumno trabajando en un primer semestre y a otro en un segundo, entonces no das clases igual que en la secundaria. Cada uno va trabajando en trabajos prácticos y una vez que van aprobando se les deja el material para otro o si es alguien que trabaja mucho en el pabellón, le dejás el material de todo el semestre, y puede hacer el semestre en dos meses, o tengo un alumno que hace seis años que está en el mismo semestre, por ejemplo. Entonces podés tener a diez personas y esas diez personas están cada una en un lugar diferente y las tenés que atender a todas.

¿Cómo es la disposición en el curso?
Es un mesón grande, y cada uno está trabajando en su trabajo práctico.

Vos tenés que llevar un registro muy detallado de qué día vino tal, en qué estaba trabajando, si le diste material, si no le diste material; llevar el tema de las notas muy bien registradas porque a veces ves a un alumno y lo volvés a ver en cuatro meses, y decís “¿y vos en qué estabas?” Si vos le dejaste material de trabajos prácticos, si hay requisa, eso se pierde.

¿Y por qué se pierde?

Porque se rompe, las requisas son muy violentas… prefiero no saber (risas).

¿Tienen cuaderno?


No. No pueden llevar cuaderno, tienen hojas sueltas. Nosotros llevamos los folios usados que tenemos de la casa, block de hojas en cuanto encontramos, biromes a medio usar, lápices. A lo sumo pueden llegar a tener una carpeta de esas negras. Lo que tienen es lo mínimo.

Hablás de “desafío”.

Sí, es así. Vos no tenés que pensar “¡uy! ¿qué hizo este que tengo al lado mío?” Yo llego allá y lo que tengo son “alumnos”, no “internos”. Vos no tenés que pensar en la pena que está cumpliendo quien está enfrente, eso es algo que se queda afuera. Para los guardia-cárceles son “internos”, pero para mí son “alumnos”.

Imagino que hay un guardia-cárcel parado cerca, ¿no?

¡no!, hay como cinco o seis. Y esa es otra de las cosas buenas, porque en la escuela secundaria, sos vos quien tiene que mantener la disciplina; pero en el penal no, en eso no te molestás. Yo no he escuchado malas palabras, ni una. Jamás. Entonces puede que tenga alumnos violadores, asesinos, traficantes, pero jamás dijeron una mala palabra con respecto a nadie, nunca.

Cuando ellos se acercan a hablarte -seguramente por una cuestión de procedimiento del penal- se agarran las manos detrás de la espalda. Ellos mismos dicen que en el pabellón no son iguales, no hablan así… el pabellón tiene “otras reglas”, pero la escuela es respetada. La educación es un derecho, permanecer en ella y eventualmente terminarla, pero en el sistema penitenciario, por estas cuestiones de que “hoy salen el pabellón 2 y el 5”, eso se vuelve un privilegio. Entonces cuando acceden a poder ir a la escuela, es un lujo que no van a perder. Igualmente, ves que algunos van como luz y aprovechan, y otros no.

¿Se producen diálogos en inglés entre ellos?

No, nosotros trabajamos la comprensión lectora nada más. La idea es que ellos ante un escrito en inglés, logren comprender cuál es la estructura del artículo, todo con artículos de diario. Es un material que está mediado. Yo trabajo con artículos del Buenos Aires Herald que están modificados para ese nivel.

Tenés que buscar una forma de hacer que, si ese alumno después es trasladado a Mendoza, que pueda seguir con los mismos temas en Mendoza. Pero en otros lugares es diferente porque tienen aulas específicas, entonces les dicen “hoy salen los alumnos del primer ciclo”. Entonces ese día les dan clases al primer ciclo y saben que todos están en el mismo lugar, acá no, este es un SUM donde se hacen los oficios religiosos, las visitas, y está la escuela primaria en tres mesones diferentes y la escuela secundaria en otro mesón.
¿Vas sólo los viernes?

Sí, de 8 a 10.30. Antes iba dos días, pero cerraron un curso. Hay 170 alumnos, de los cuales 80 son del primer ciclo, el resto son del segundo y tercero. Cerraron el primer ciclo por orden de la Dirección General de Escuelas, no sé por qué. Pero no podés dejar de atenderlos. El recorte en educación se ve desde hace rato. Entonces yo atiendo a un montón de alumnos del primer ciclo por los cuales no me pagan.

Vos no dejaste de atenderlos.
Es que la vez al mes que el alumno puede salir, llega y me dice “soy del primer ciclo”, no le puedo decir “no, a vos no te voy a atender”. Es una falta de respeto. Los atendés igual junto a los de segundo y a los de tercer ciclo.

Para vos como profesora es una experiencia totalmente distinta.

Sí, “distinta”, esa es la palabra. A mí si me preguntan dónde das clases, si no tengo ganas de hablar, ni digo que trabajo ahí, porque si nombro la cárcel, seguro que se viene alguna otra pregunta relacionada.

Se habla mucho de la “invisibilización de la cárcel”, para la sociedad la cárcel no existe, es invisible. Cuando la nombrás, es cuando la gente se acuerda de que existe. Cuando vas por la Mitre, ni te das vuelta a mirarla.

Probablemente vas a mirar más al cementerio que a la cárcel.

El cementerio siempre está, pasas y lo ves, pero la cárcel es invisible… ¡y sin embargo en los dos lugares hay “tumbas”! Ellos le dicen “la tumba”.

¿Te ha pasado que no viste más a un alumno porque recuperó la libertad?

Sí. Me pasó que me dijeron “profe, ya la semana que viene me voy así que ya no voy a hacer nada”, y le decís “¡qué genial!” Y a los dos meses, lo ves llegar de nuevo, y le decís “¿qué te pasó?” Y te dicen “no, me mandé un moco”. Hay muchos que dejás de ver, pero desgraciadamente muchos vuelven, si es por drogas, seguro vuelven.

Lo que pasa es que es otra realidad. A veces pienso que no son personas, son cuerpos. Para mí, el alma se deja afuera, el alma se deja suspendida en la calle y adentro son cuerpos que caminan, que deambulan… todos, los guardia-cárceles también.

¿Vos también dejás el alma afuera?

¡Si! Si no, no podés. Si tenés un alma sensible, olvidate, te come la tumba.

En su muro de Facebook, Marita publicó un texto en el que refleja sus sentimientos respecto de este trabajo tan diferente a los demás. Que lo diga ella:

"Aquella primera bocanada de aire le trajo alivio y dolor. El gas helado de la mañana entró en sus pulmones colapsados impetuosamente. Era como tragarse un cocktail de navajas y de azahares... Estaba viva... otra vez"

Si mi vida fuera relatada por una voz en off, eso hubiese dicho esta mañana. Es que todos los viernes muero a las 7:52 y vuelvo a vivir a las 10:46.
Los viernes trabajo en el penal, o la cárcel, o la penitenciaría, o como dicen algunos "la tumba".
A la tumba no se le regalan minutos. No se llega temprano... no. El ritual comienza a las 7:46 en la puerta de entrada, un uniforme gris saluda entre distante y cordial. Inmediatamente una mesa de entrada que asigna identificaciones a quienes osan trabajar en la tumba. Luego otro uniforme gris propina una escueta requisa y sigue otro escritorio con la misma pregunta: -"Trae celular?", -"No"

Desde ese lugar a otro separado por un patio y comienzan los pasillos... ahora datos biométricos. Siempre esperanzados en que la huella quede registrada en el primer intento... no... dos... tres... eventualmente funciona.

Otra gran puerta de rejas y se abre la tumba mostrando sus entrañas, comienzan un hall, pasillo, guardia, más pasillos cada vez más oscuros y estrechos. Cancha de football y finalmente ahí está el corazón de la tumba y ya son las 7:52, hora de muerte oficial.

En la tumba el tiempo es caprichoso... a veces se escurre loco y otras veces cada segundo se queda mirándote y burlándose. No recuerdo cómo transcurrió la mañana, no sé qué hice, pero sé que cuando los uniformes se agitan solicitando el desalojo es mi marca para resucitar. Entonces miro a mi alrededor buscando a mis compañeros para comenzar el ascenso.
Al pasar por portones y puertas y pasillos noto marcas de arañazos profundos y desesperados, imagino que otras almas en proceso de resurrección marcaron el camino. Noto que cada paso es más largo e inquieto que el anterior, me falta el aire, me falta Vida. Paso uno y otro y otro control, La huella digital es exitosa al segundo intento. ¡Con el último suspiro agónico logro atravesar el portón de entrada y vuelvo a vivir!
Todos los viernes muero a las 7.52. A las 10.46 resucito...

Aunque hoy algo extraño pasaba. Supongo que el día profundamente gris no ayudó. Algo me molestaba. Había algo mal. Al llegar a casa me vi en el espejo y comprendí... me había traído un pedacito de tumba conmigo. ¿Era en el antebrazo? Traté de sacudirlo... ¡No! ¡Dios mío, ayudame! Me traje un pedacito de tumba pegado en el corazón.

Todos los viernes muero a las 7.52...