sábado, 30 de junio de 2018

Una luchadora de la vida

Muchas veces, a Anyi (como le gusta que le digan y que escriban su nombre) la quisieron enterrar, pero sin saber que era una semilla. Se trata de una enfermera a la que la vida le dio la necesidad de aprender karate y boxeo para poder defender a su madre y sus hermanos menores de un padrastro golpeador. Una historia que merece ser leída.


Ángela Daiana Mansilla, o simplemente Anyi, tiene 32 años. Es enfermera y trabaja en el hospital Schestakow. Las duras circunstancias de la vida la obligaron a trabajar desde muy chica descarozando ciruelas, pelando ajo, partiendo peras, tomate, cosechando, y haciendo otras labores, pero entendió que debía estudiar porque habría más posibilidades de encontrar un futuro mejor. Tras hacer otras carreras, estudió Enfermería Profesional en Cruz Roja y la licenciatura en la Universidad Maimónides.

¿Cómo se compone tu familia?



Mi esposo Mauro (“El cartero” para todas las chicas) (risas); Kevin, de 13 años; Martina de 8; y Paz, de 6… Y por supuesto, mis perros: Jack (un golden retriever que tiraron y fue a parar conmigo), Loly y Pepo, que es un caniche.



¿Por qué “El cartero”?

Porque es cartero en el Correo Argentino… y las chicas lo aman (risas). Él es “el cartero de mi vida”.

¿Cómo llegó la enfermería a tu vida?

Cuando era adolescente, mi mamá me decía “Anyi, estudiá, estudiá porque si no, vas terminar limpiándole el culo a los viejos”. En eso hice un Profesorado de Computación, me recibí, di dos días clases y renuncié porque me di cuenta de que no tenía paciencia para los niños (“seño, seño, seño, seño” ¡no!). Hice un Secretariado ejecutivo-contable para trabajar en el Poder Judicial y tampoco.

Enfermería arrancó por una triste historia: mi abuela se enfermó, le amputaron una pierna y le tocó a mi mamá (de seis hermanos que eran), cuidarla. Pero a mi mamá le costaba mucho hacer las curaciones, ver la pierna amputada, tener que darle los remedios, hacerle un enema, y me tocó a mí… pero al mismo tiempo me tocó porque me gustaba hacer ese trabajo.

O sea, no te daba impresión, lo hacías con amor y con vocación, ¿no?

Nunca me voy a olvidar de la cara de mi abuela cuando, se giró un día que yo la curaba y me preguntó “¿por qué no sos enfermera?, porque tenés una paciencia, un amor…”

Arranqué la carrera y al año exacto, mi abuela falleció, por lo que dejé de estudiar por un mes. Me llamaban de Cruz Roja porque tenía que rendir, ya que eran épocas de examen y yo no me presentaba. Fue como que se fue mi abuela y con ella, la carrera.

¿Cómo se llamaba tu abuela?

Ramona. Era la “Abuela Chiquita”, le decíamos así porque medía 1,20 m.

¿Y qué ocurrió después?
Encontré una foto en la que había escrito “Te prometo que voy a ser enfermera por vos”, entonces fue lo que me impulsó otra vez a seguir, e inclusive mi abuela ha sido un nexo muy especial siempre.

Cuando estaba agonizando, no se iba, algo esperaba. Yo la iba a ver pero nunca le había llevado a mi hijo, a Kevin (que era chiquito). Cuando lo llevé, él se para, la mira, la toca, se le calló una lágrima y ella se fue... como si hubiera estado esperando eso. Me hice un tatuaje en base a eso y puse “el sol de mi vida (por mi abuela) y adentro a Kevin”. Los tatuajes que tengo los hice en torno a mi abuela.

Soy enfermera por mi abuela, no me arrepiento y es lo mejor que pude elegir en la vida. Soy enfermera de alma y de vocación.

¿Y el boxeo?

Y el boxeo también arranca por una etapa triste de mi vida. Una hermana y yo, somos hijas de soltera de mi mamá. Cuando yo tenía 5 años, ella se juntó con un hombre y después se casó. Tuvo otros cuatro hijos.

Mi padrastro a mí me quería, pero a mi hermana no. Fue un tipo muy violento que le pegaba a mi mamá, a mi hermana, pero a mí jamás. Pero llegó el momento en que empecé a tener una edad en la que comprendí la violencia y quería defender a mi familia.

Mi tío, el hermano de mi mamá, era profesor de karate y había estado en el Ejército. Un día fui y le pedí aprender, le dije que necesitaba que me enseñara karate aunque no le quise decir por qué.



¿Y por qué hiciste eso?

Sabía que si mi tío se enteraba por qué, las consecuencias hubieran sido otras. Yo dije que era para defenderme yo, por ser mujer.

Mi mamá hizo 15 denuncias en la policía, por eso cuando veo ahora el tema de la violencia de género sé que es algo que pasa desde hace años.

Mi mamá hacía la denuncia, después el tipo venía, le hacía una caricia y volvía.

Y así fue como empecé a hacer karate y boxeo, las dos cosas a la vez. Y fue increíble con 48 kilos, la habilidad, destreza y la fuerza que adquirí (y más cuando estás en una situación límite).

La primera vez que le pegué a él, yo tenía 12 años. Fue cuando a su propia hija la agarra de los pelos y la revolea tirándola debajo de la cucheta porque no había sacudido los muebles.

Él no sabía que yo estaba entrenando tanto (si todos corrían dos cuadras, yo corría seis). Lo mío, era para sobrevivir.

Le pego la primer piña y lo desestabilicé y a partir de ahí me di cuenta de que con mi cuerpito era capaz de defendernos.

Una vez la tiró –literalmente– a las trompadas a mi mamá arriba del sillón, entonces lo saqué (no sé cómo); íbamos boxeando (como se dice “cagándonos a piñas”) por un pasillo. Obviamente me iba a vencer porque era un hombre contra un cuerpo flaquito de una niña. Hasta que en un momento me detiene la puerta de la cocina y él me seguía golpeando y es ahí donde mi mamá se da cuenta de la gravedad, en serio.

Agarramos todo y nos fuimos en la mitad de la noche. Le dejamos todo, la casa, los electrodomésticos. Mi mamá se arrodilló delante mío y me pedía perdón. A mí me dolía todo, pero estaba muy feliz, me sentía un héroe de mi familia. El doctor que me revisó al otro día me dijo “nena, yo no sé cómo vos estás viva” por los golpes que tenía en el abdomen. El tipo nunca más se acercó a mi mamá. A partir de ahí fue como que me volví “el hombre de mi familia”, la tuve que luchar, mi mamá también tuvo que salir a trabajar.

Y practiqué el boxeo hasta los 25 años, después no.

¿Lo hiciste alguna vez de manera deportiva?


No. Me llamaron para hacerlo. Yo trabajaba en la Policlínica y la hermana del boxeador Araujo (que además da clases), era mi jefa.

¿Alguna vez sufriste violencia con una pareja tuya?

Después de que pasó lo de mi padrastro, me puse en pareja con un tipo que me trabajó siempre la psicología (es el papá de mi hijo mayor). Siempre me manipulaba. Yo quería ser profesora de historia y él me decía “no, porque te tenés que ir a San Luis”; después hice los papeles para el ingreso a la Policía, y empezó con que “si ingresaba a la Policía él se mataba”. Me fue bloqueando muchas cosas.

Entré a trabajar de mucama a la Policlínica, logré comprarme mi primera moto y el tipo me gastaba toda la nafta y terminaba yo yéndome a trabajar en bicicleta.

Hasta que un día me levantó la mano. Pero a raíz de lo de mi padrastro, yo siempre me hice la promesa de que no iba a dejar que nadie me pusiera la mano encima. Él hizo eso y yo no sé de dónde salió mi fuerza, pero le di una paliza… le pegué tanto, pero tanto que salió para subirse a una bicicleta playera que tenía y hasta le doblé una de las ruedas de una patada.

Justo en esa etapa pasó lo de mi abuela y empecé a estudiar enfermería.

Cuando estás sola te hacés un escudo porque no querés que nadie más te lastime. Y yo sé que la luchó mucho Mauro (su esposo) para estar conmigo. Ahora le recompenso todo porque la verdad es que Dios siempre te envía lo que vos te merecés en la vida. Es lo mejor que me ha pasado, vos lo ves y es como si fuera el padre de Kevin (se emociona). Es un ser increíble.

Esta profesión tiene sus cosas buenas y sus cosas malas y cuando paso por momentos difíciles, él me dice: “Nadie te va ganar, cuando te ponés el uniforme y te transformas en ángel”. Yo creo que la mejor devolución te la da el paciente, él tiene el veredicto de lo buena o mala enfermera que sos. Por dentro sigo llevando a la boxeadora y por eso me defino como “una luchadora de la vida"