viernes, 27 de abril de 2018

De guerrillera pro abortista a militante por los derechos humanos

De militante pro abortista y guerrillera, la ecuatoriana Amparo Medina (51) pasó a la lucha pro vida desde una organización de su país. Comenta que su decisión la llevó a que la despidan de su trabajo, pero también a salvar la vida de miles de niños. Estuvo en San Rafael para participar de un congreso y para contar parte de su historia. 


Amparo militó en grupos de la izquierda radical, fue guerrillera, luchadora pro aborto y ex funcionaria del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA). Actualmente, es madre de tres hijos y presidente de la Red Pro Vida de Ecuador, lucha en contra del aborto y de las Leyes de Salud Sexual y Reproductiva que promueven los gobiernos en los países de América Latina.
Estuvo en San Rafael para participar de un congreso destinado a la formación, en el tema de la vida, de la sexualidad y de la maternidad en la defensa de la familia.

Cuéntenos sobre su historia.

Yo vengo desde una lucha completamente extrema, vengo desde el otro lado. Nací en Ecuador y crecí en el “mundo de Che Guevara” (de Movimiento de Izquierda Revolucionaria) y me enganché, me parece que en esa época era realmente el punto central de cómo ir generando un cambio social, acabar con la pobreza, con la desigualdad. Y como pasaron los años, uno va comprendiendo y va viendo lo que va sucediendo. Entonces esta búsqueda de la igualdad se transformó más bien en un enfrentamiento de unos con otros, en una división de clases que terminaba volviéndonos enemigos los niños a los adultos, los hijos a los papás, los hombres a las mujeres, las esposas a los esposos. Entonces llegamos a una época en la que “servirle café al jefe es trabajo pero servirle café al esposo o al hijo es esclavitud”, y uno se da cuenta de que aquí algo no está bien.

Luego empieza a caer el Muro (de Berlín - 1989), empieza a verse una Cuba totalmente destrozada, devastada, empobrecida, en manos de una cúpula de mafiosos que explotan al pueblo y el pueblo ni siquiera tiene la posibilidad de salir. Luego vemos a una Venezuela con el sueño haciéndose realidad, hasta que ese manto que cubría Venezuela cae y se encuentra con un país que se está muriendo de hambre y dices “no, algo no está funcionando”.

Y en todo este proceso, a nivel personal también fueron muchas vivencias que pasaban con los jóvenes que estábamos empezando a vivir “el cuerpo como un objeto”, un objeto de placer, un objeto lleno de emociones y no lleno de responsabilidades; qué pasaba con los niños que hablábamos de “derechos”, “derechos”, “derechos” y no de “responsabilidades y deberes”; qué pasaba con los jóvenes, a los que les habíamos entregado cientos de anticonceptivos, y les habíamos dicho “sexo seguro”; a las cientos de mujeres que se las había llevado a abortar a través de las políticas de Naciones Unidas; y con todo eso una empieza a mirar y ver los resultados y una se da cuenta de que no es un tema de religión, ni es un tema de salud, ni de educación, sino que es un tema de realidad social que nos está sobrepasando y del cual alguien está ganando, porque para que esto se siga implementando, alguien está detrás de todo esto, alguien está ganando y está impulsando esto.

En 1990 nos gastamos millones de dólares con Unicef con el tema de los derechos de los niños; al siguiente año trabajamos con millones de dólares para implementar propuestas educativas para llevar la Izquierda a la academia, habíamos adoctrinado maestros, habíamos adoctrinado mujeres.

Con todos esos millones de dólares, llegamos en 2004 con un “ejército de mujeres” empoderadas de discurso socialista-feminista, un “ejército de jóvenes” que ya habían probado qué era la anticoncepción, un “ejército de mujeres” que ya empieza a abortar y a usar anticonceptivos y la pregunta es “¿cuál es el resultado?”, “¿qué ha pasado con ellos?”

Se hace una evaluación en Santiago de Chile. El Ministerio de la Juventud invita a todos los proyectos que estábamos trabajando en estos temas a evaluar con respecto a cómo lo estábamos haciendo. Había gente que decía “nosotros hacemos que las mujeres se empoderen de su cuerpo y le pongan los preservativos con la boca a los varones para que los varones usen preservativo”, otros a través del teatro, otros a través del cine, otros a través del periodismo, otros a través de los artistas que difundían la propuesta… Más del 50 por ciento de las mujeres en zona rural ya estaba usando métodos anticonceptivos, más del 70 por ciento en la zona urbana y desde los 10 años en los colegios era obligatorio enseñar el uso de anticoncepción, la ideología de género. Y las cifras contrarias a eso era que, con todo lo que se había hecho y los millones de dólares que nos habíamos gastado se había quintuplicado el embarazo adolescente y en algunas ciudades estaba a punto de ser pandemia; ya había 30 enfermedades de transmisión sexual latentes en la zona; el virus del papiloma humano ya los chicos no lo tenían sólo a nivel genital sino también a nivel anal o bucal por cómo estaban viviendo su vida sexual; el 46 por ciento de las jóvenes era candidata a tener cáncer de útero; los chicos iniciaban su vida sexual entre los 10 y los 11 años; había chicos de 13 o 14 años con embarazos consensuados (¡se ponían de acuerdo para tener un embarazo!). Claro, porque se llevaban bien a esa edad, otras niñas jugaban a las muñecas y ellas planificaban su familia.

Dijimos en Naciones Unidas que la metodología no estaba funcionando, sino que estaba causando un grave daño a los jóvenes, y Naciones Unidas nos dijo: “Miren, bastante bien les pago como para que se quejen y cuestionen”. Nosotros ganábamos en 2004, 4.500 dólares mensuales, aparte de todas las cosas de ley (gastos de representación, auto, etcétera). Hoy una delegada de Naciones Unidas en Ecuador gana 10 mil euros, más departamento, casa, gastos de representación, viáticos… por lo tanto debes estar calladito, “se te ve más guapo” y difundir su propuesta.

¿Y qué hicieron?

Nos dijeron “si ustedes quieren se quedan, si no se van”. Y decidimos irnos un grupo de técnicos y yo me pasé a un proyecto de desarrollo sostenible. En ese proyecto en la Amazonia Ecuatoriana, una compañera se enamora de un compañero de trabajo (que era italiano), se queda embarazada. La respuesta fue “tu marido no se puede enterar, tienes que abortar”. Para nosotros el aborto era lo más normal, todas las mujeres que no querían tener hijos abortaban; te falló el anticonceptivo, abortas; tu marido te pega, abortas; tienes problemas de salud, abortas; no tienes trabajo, abortas; todo lo solucionamos con el aborto y la anticoncepción.

Cuando ella acepta hacerse el aborto para que su marido no se entere del adulterio, yo por primera vez enfrento un aborto. Había hablado muchísimo del aborto, había defendido muchísimos años el aborto, consideraba que el aborto era un derecho, no tenía ningún problema moral ni religioso porque no creía en Dios ni nada de eso.

Teníamos cita con el mejor médico porque nosotros mismos mandábamos a los médicos a capacitarse en Canadá o en Cuba, así que eran expertos en hacer abortos con diferentes técnicas.

Fuimos al abortorio con mi amiga. Nunca había visto un aborto en vivo y en directo, jamás. Entro y lo primero que me encuentro fue una mujer asustada, nerviosa. Habíamos estado en la guerrilla, habíamos aprendido a manejar armas, estábamos dispuestas a meterle un tiro a un tipo para defender nuestras creencias en esa época y de pronto verla a ella tan nerviosa, tan asustada para mí fue la primera lección: ninguna mujer va a las puertas del abortorio con una mano en la cintura y una sonrisa en los labios, todas sabemos que nos embarazamos de hijos y abortamos hijos.

Le pusieron una inyección que le paraliza de la cintura para abajo y entre la enfermería y el consultorio me toma de la mano y me dice “no me dejes sola, entra conmigo”. Yo le dije que se relajara, que en cuarenta minutos estaría afuera, que era como ir al dentista, pero ninguna mujer está dispuesta a matar a su hijo, ninguna. Quiere solucionar un problema de desempleo, de violencia, de salud, pero no matar a su hijo.

Habíamos comprado una máquina de succión de endometrio, nunca las había visto funcionar. Es un pequeño motor, mucho más fuerte que el de una aspiradora como la que una tiene en una casa, que está conectado con una manguera del grosor de un dedo meñique hacia el conducto vaginal y el otro extremo de la manguera a una especie de pecera que está llena de agua y tiene un montón de pinzas, cucharetas, tijeras y todo ubicado al lado del médico. Pero yo nunca me había preguntado “¿qué le pasa a una mujer en el aborto?, ¿cómo le hacen el aborto a una mujer?, ¿en qué consiste un aborto?” Para mí el aborto era como ir al dentista. Yo iba a ver por primera vez cómo se metían las cucharetas hasta que en un momento mete una pinza, ves que busca algo el médico, hasta que encuentra, coge el bebé, mete la tijera y oyes como corta.

Inmediatamente prende la máquina y ésta empieza a absorber, y tú ves cómo en la pecera empiezan a caer restos humanos.

¿Y usted cómo estaba al ver eso?

Yo estaba paralizada, no sabía si desmayarme, gritar, correr, súper cuestionada, no podía ni moverme, ni hablar, ni nada. Luego ves cómo el médico, de la manera más fría que te puedas imaginar, cuenta las piezas (no sé), mira en la pecera, se va al servicio higiénico que estaba al lado del consultorio, abre la tapa del servicio higiénico (inodoro), bota los restos, jala la cadena y te dice fríamente “el procedimiento ha terminado, en 30 o 40 minutos ella comenzará a moverse. Si es que mancha usen una toalla sanitaria, pero si ocurre más de dos veces en una hora, vayan a un centro médico, pero no digan que han abortado. Digan que creían que estaba embarazada. A partir de este momento ustedes y yo no nos conocemos”.

Yo no decía nada, mi amiga tampoco. Yo le cogí la mano a ella y la tenía fría, me miró y me dijo “¿dónde está mi hijo?” y hasta el día de hoy no he sido capaz de decirle que se fue por el servicio higiénico.

Y a partir de ese momento me pregunté qué le hacen al varón en el aborto. A su amante le metieron una mano en el bolsillo, le sacaron 300 dólares, él pagó y se fue. La que quedó destrozada, dolida en esa cama del consultorio fue ella.

¿Cómo siguió la historia entre ustedes?

A partir de ese día, ella y yo comenzamos primero a tener una relación como “de cómplices de un crimen”, de algo de lo que nunca hablábamos. Ella empezó a deprimirse, a tomar; yo empecé a tener tirria a los niños (los oía llorar y me volvía loca), hablaba súper mal del embarazo, me expresaba horrible de las mujeres embarazadas. Siempre he sido más racional que emocional, y comencé a investigar, comencé a leer y me fui a Estados Unidos.

Comencé a descubrir el “síndrome post-aborto”. En Inglaterra lo investigan, en España trabajan con ese síndrome, y en Estados Unidos hacen actividades para sanar a mujeres de un aborto y en todos esos países el aborto es legal. Entonces te preguntas qué hay detrás de todo eso, el aborto destruye la vida de la mujer, alguien tiene que estar ganando dinero porque esto no está bien.

Ahí empiezo a investigar, a meterme más en el tema y a descubrir los millones que había. Ya algunos “pro-vida” lo decían, pero ninguno de nosotros lo tomábamos en serio. Comenzamos a ver los informes y claro, comprábamos los preservativos a 10 centavos de dólar en la India y los vendíamos 30 y 35 centavos de dólar a los ministerios de Salud; poníamos dispensadores de preservativos en los colegios; hacíamos leyes para que eso fuera obligatorio y luego como nosotros mismos vendíamos los equipos para hacer abortos, nosotros mismos impulsábamos políticas para que se legalizara el aborto, nosotros pagábamos líderes políticos u ONGs para que se legalice el aborto y el resultado era que sólo en Ecuador –con 15 millones de habitantes– vendemos un millón y medio de anticonceptivos mensuales, a eso súmale el aborto, a eso súmale los químicos. Esto es un negocio, aquí no hay derechos ni salud. Comenzamos a denunciar, comenzamos a hablar del tema.

Pero hubo un cambio en su vida respecto a la Fe.

Sí, yo tuve un encuentro con la Virgen María y empiezo a darme cuenta que la Fe y la razón no están separados, cuando entras a la Iglesia no piden que te quites el cerebro, como mucho te piden que te quites el sombrero. Empiezo a meterme, a investigar y me hice la promesa de que así como fui cómplice de la muerte de muchos niños y mis manos estaban manchadas de sangre de todos esos inocentes a los cuales yo ayudé a abortar, hoy iba a trabajar por el derecho de todas las mujeres, incluida la mujer que vive en el vientre de otra mujer.

Entonces comencé a trabajar, a pararme en la puerta de los abortuarios, comencé a montar proyectos a favor de mujeres embarazadas y actualmente en Ecuador tenemos 16 proyectos en donde las mujeres embarazadas reciben ayuda; tenemos proyectos en donde las recibimos, las acogemos y las ayudamos a continuar con su embarazo. El 96 por ciento de las mujeres que son ayudadas en las puertas del abortuario, le dice “sí a la vida” y con la bendición de Dios, más de 16 mil niños hemos salvado del aborto desde el año 2006 y el 100 por ciento de las mujeres que son acogidas, cuando se enteran que están embarazadas, le dicen “sí a la vida”. No importa si fue abandonada, si fue por violencia, si está sin trabajo, el 100 por ciento de mujeres que se siente acogida, amada, respetada en su embarazo, está dispuesta a continuarlo a pesar de las situaciones difíciles que tenga.

Y luego empezamos a trabajar con los jóvenes y empezamos a descubrir cosas maravillosas tanto para el hombre como para la mujer. Un mito terrible que nos han metido es que “la anticoncepción es un derecho de las mujeres para no abortar y que el aborto seguro es algo bueno para la mujer para no morir”. Cuando miras la literatura científica te das cuenta que la mujer es fértil un solo día al mes y el 98 por ciento de los anticonceptivos son para mujeres. El hombre es fértil 365 días al año, las 24 horas del día y hay dos anticonceptivos: el preservativo y la vasectomía. El anticonceptivo en la mujer hace que se le caiga el pelo, la envejece, la engorda y le baja la libido. Si alguien le dice a un hombre “te voy a dar una pastilla para que te dé disfunción eréctil”, dirá “estás loco”, pero a la mujer sí le dan químicos para destruirle el aparato reproductor, y si no funciona se lo amputan, porque eso es la ligadura de trompas. Y el centro vital de la mujer es su aparato reproductor, la fuerza de la mujer es su aparato reproductor, la estabilidad emocional de la mujer está centrada allí. Entonces son leyes anti-mujer.

Nosotros vamos entregándoles información a los jóvenes y cuando ellos descubren su sexualidad, descubren lo hermoso de vivirla con la persona adecuada, se dan cuenta de que vale la pena tener una opción diferente a lo que grupos ideologizados les están diciendo. Entonces ahí empezó todo este trabajo por los derechos humanos, los derechos de las mujeres.